Selección de Poemas de aeropuerto (Destiempo, 2025)
Libros de paseo
Los libros que llevo de paseo
conocen otras ciudades,
otros países,
y se sientan en escritorios
de cuartos de hotel
a los que nunca me siento yo.
Se ensucian
se les doblan las solapas
se arrugan
y hasta se escapan.
Se me quedan en las sillas de las salas de espera
de los aeropuertos.
Descuidados
no son de nadie,
desgajados de su origen,
se pierden,
torpes
(¿torpes son los que van en contravía?).
Se los traga la brecha.
O quizás le cuenten algo a la señora del aseo.
Petrificada
Quisiera ser piedra.
Así, así de simple.
Estar ahí,
en mi estar pétreo,
inmune al tiempo,
ajena al frío.
Estar en el espacio de las cosas
sin saberlo.
No importaría
si de río, grano de arena
o guijarro,
si lisa, fácil al tacto,
o bloque hiriente
y ofensivo.
Que llueva sobre mí
o que haga sol.
Lejos aún de la belleza
o la fealdad,
sin un adentro.
Sucede que me canso,
sucede que también me canso.
El fracaso
En la sala de espera
aguardo el vuelo de conexión.
Él está recostado
sobre las bancas de plástico
(tierradenadie
¿dónde habitar?).
Se tumbó
sobre la hilera fija,
y los bordes de las sillas
le muerden el costado.
El ventilador calla,
inservible,
y él parece que se hundiera en el aire húmedo
(la piel anfibia)
que le pinta círculos oscuros
como una herida sangrante
en la camisa,
a la altura de las axilas.
Tiene los brazos cruzados
y su cuerpo se contorsiona.
¿Por qué duerme así?
De repente comprendo su secreto
y lamento mi impudicia.
Con los ojos al suelo
intenta ocultar
que está esposado al tubo.
(Pienso: ¿qué es un lugar, qué es un pueblo?)
A su lado hay un guardia de inmigración
que, seguro, al menos mentalmente,
lo llamará cucaracha.
Septiembre vino y se fue
pero dejó su huella.
Amanezco meses después
aún con resaca.
Miro mis manos
y me parecen vacías.
A veces se me alargan los días
en espera de nada.
Pero por mi ventana entra el sol
y se ve el cerro,
y me pregunto si para ti es igual.
Y veo que no te lo deseo.
Parte de mí aún no te lo desea.
Tanto buscarte,
yo, que no sé rezar.
Veo en tus ojos vergüenza
ante esa criatura greñuda,
que no aprende a tragarse su aullido.
Toda hecha de púas
y pelo enredado,
las uñas negras de tierra.
Haber parido un animal salvaje,
tanta desilusión.
Me busqué una cueva
donde acunarme.
Hice una cama
de ramas y hojas secas
Yo también sé del miedo, madre.
Es un bicho que anida en las costillas.
Es una cosa que excava.
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