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María Mercedes Andrade.

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Selección de Poemas de aeropuerto (Destiempo, 2025)

Libros de paseo

Los libros que llevo de paseo

conocen otras ciudades,

otros países,

y se sientan en escritorios

de cuartos de hotel

a los que nunca me siento yo.

Se ensucian

se les doblan las solapas

se arrugan

y hasta se escapan.

Se me quedan en las sillas de las salas de espera

de los aeropuertos.

Descuidados

no son de nadie,

desgajados de su origen,

se pierden,

torpes

(¿torpes son los que van en contravía?).

Se los traga la brecha.

O quizás le cuenten algo a la señora del aseo.

Petrificada

Quisiera ser piedra.

Así, así de simple.

Estar ahí,

en mi estar pétreo,

inmune al tiempo,

ajena al frío.

Estar en el espacio de las cosas

sin saberlo.

No importaría

si de río, grano de arena

o guijarro,

si lisa, fácil al tacto,

o bloque hiriente

y ofensivo.

Que llueva sobre mí

o que haga sol.

Lejos aún de la belleza

o la fealdad,

sin un adentro.

Sucede que me canso,

sucede que también me canso.

El fracaso

En la sala de espera

aguardo el vuelo de conexión.

Él está recostado

sobre las bancas de plástico

(tierradenadie

¿dónde habitar?).

Se tumbó

sobre la hilera fija,

y los bordes de las sillas

le muerden el costado.

El ventilador calla,

inservible,

y él parece que se hundiera en el aire húmedo

(la piel anfibia)

que le pinta círculos oscuros

como una herida sangrante

en la camisa,

a la altura de las axilas.

Tiene los brazos cruzados

y su cuerpo se contorsiona.

¿Por qué duerme así?

De repente comprendo su secreto

y lamento mi impudicia.

Con los ojos al suelo

intenta ocultar

que está esposado al tubo.

(Pienso: ¿qué es un lugar, qué es un pueblo?)

A su lado hay un guardia de inmigración

que, seguro, al menos mentalmente,

lo llamará cucaracha.

Septiembre

Septiembre vino y se fue

pero dejó su huella.

Amanezco meses después

aún con resaca.

Miro mis manos

y me parecen vacías.

A veces se me alargan los días

en espera de nada.

Pero por mi ventana entra el sol

y se ve el cerro,

y me pregunto si para ti es igual.

Y veo que no te lo deseo.

Parte de mí aún no te lo desea.

Tanto buscarte

Tanto buscarte,

yo, que no sé rezar.

Veo en tus ojos vergüenza

ante esa criatura greñuda,

que no aprende a tragarse su aullido.

Toda hecha de púas

y pelo enredado,

las uñas negras de tierra.

Haber parido un animal salvaje,

tanta desilusión.

Me busqué una cueva

donde acunarme.

Hice una cama

de ramas y hojas secas

Yo también sé del miedo, madre.

Es un bicho que anida en las costillas.

Es una cosa que excava.

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