(Málaga, España) Escritor – Profesor. Licenciado en Filosofía y Letras, sección Filología Hispánica.
Publicaciones en prensa malagueña (Diario Sur) de algunos artículos sobre Literatura; en la Revista de la UMA “Analecta malacitana” varias reseñas de libros; seis microrrelatos en los libros Microrrelatos 2021 y 2022 del Círculo Cultural Bezmiliana de Rincón de la Victoria de Málaga. Ha participado en distintos certámenes literarios en países como; Argentina, España, Colombia y Venezuela. Con textos traducidos al italiano.
Ganador en categoría de Poesía en la convocatoria del primer número de la revista “Encontrarte Revista Artística y Cultural” con el texto “Octosílabos de luz y mar”, del Grupo Editorial Encontrarte, Venezuela, junio 2024. Ganador del XXXIII Concurso de Poesía y Narrativa Villa de El Escorial “María Fuentetaja”, Modalidad Poesía, con el poema “La tarde, mi refugio”, Excmo. Ayuntamiento Villa de El Escorial, Madrid, 28 de octubre de 2024.
https://settepazzi.wordpress.com/2024/10/24/mimbres-del-poema.59-vv-di/
https://avanteditorial.com/libro/marea-de-versos-azules-edicion-en-papel/
La leyenda de los mil relojes
Vivo en la casa de los mil relojes. No soy feliz, estoy rodeada de mecanismos fríos y exactos. Mañana cumpliré diez años, los artefactos me lo harán saber con estruendo justo a las dos de la madrugada. Nací, según me cuentan, en una hora exacta. Eso marcó mi vida. En este lugar, los relojes llegan a completar un millar, ni uno más, ni uno menos; exactamente diez veces cien, o cien veces diez (así suelo agruparlos en mis cuentas). No sé si Julián decidió coleccionar esa cantidad, o en cualquier momento llega uno nuevo. Si su intención es mantener la cifra, más le valdría tener uno de repuesto cuando alguno falle o se rompa. Julián es un tipo raro. Él dice que soy lista.
El hogar donde vivo es espacioso; era de mamá, que murió hace un par de años. Hoy lo habito junto a este descendiente de vieneses, de mirada fría, al que no me gusta llamar papá o padrastro. Prefiero llamarlo Julián. El hombre está obsesionado con el tiempo, repara aparatos antiguos, mecánicos. Gracias a su trabajo se ha hecho de una extensa colección de objetos interesantes que, sin embargo, generan en mis tardes una terrible inquietud: las habitaciones están llenas de astrolabios, de cámaras fotográficas que datan desde 1900 hasta 1915, de fonógrafos con aguja de metal, de uno que otro muñeco autómata (que prefiero cubrir con un trapo para no verlo cuando estoy sola). La casa está llena de espejos y cortinas de terciopelo rojo. Cada cuarto de hora, cada media o cada hora completa, los relojes suenan. Están sincronizados. Su sonido hueco produce una sensación de vacío, como si una no tuviera cuerpo o entrañas. No me gusta que corran las horas. No me gusta el terciopelo rojo.
Julián se siente orgulloso, una noche me muestra un reloj importado de Austria, de un artilugio fino a base de contrapesos; me explica que es el objeto más viejo de la colección, que data del siglo XVII. Dos semanas más tarde, presume el fino cucú que acaba de importar de Suiza, espera que simpatice con el pajarillo (la primera o segunda vez el animal es divertido, luego, como ocurre con el tiempo controlado, se vuelve rutina). Otro día me enseña un reloj alemán que porta un espejo fino. Sólo percibo la imagen que nos devuelve el reflejo: la figura de dos seres melancólicos.
—El tiempo es un asunto triste— le digo sin saber por qué.
Julián asiente, repite que soy una chica prodigiosa, mientras escapo a leer dentro del clóset para escuchar un poco menos el sonido tormentoso del paso de las horas. Él prometió, al principio, que se me haría costumbre escuchar los segunderos. Mentira. Cuando mamá murió, Julián se volvió loco: le dio por mudar los relojes desde su taller a este sitio. Seguro, a través de su insistente sonido olvida que es un hombre sin mujer. En todo caso, prefiero su colección de barcos a escala, sus galeones y sus fragatas, alguna brújula británica de cromado fino, una cámara cinematográfica de 1929. Me parecen objetos de mayor interés. O tal vez no, no prefiero ninguno. Es horrible pasar las tardes, encerrada, mientras hago tarea a la par que escucho el vals que proviene de una cajita musical francesa. Sé que soy una chica con un coeficiente intelectual alto, pero no dejo de ser una niña: preferiría escuchar un poco de música k-pop o ver una película animada. Él no está de acuerdo, asegura que se vive mejor sin televisión o radio. Sólo me permite el acceso a internet cuando cumplo los deberes de la escuela. Así los llama, los deberes de la escuela. De vez en cuando me deja poner discos viejos en el fonógrafo. Aprovecho entonces para repetir dos o tres veces una melodía que me fascina: Almost blue, de Chet Baker. La escucho escondida, en medio de este laberinto de artefactos.
Han comenzado. Ahí están otra vez los relojes, no descansan, siento que la cabeza me va a estallar. He pensado provocar un incendio para terminar con la pesadilla. Utilizaría, para ello, una de esas viejas velas monásticas que marcaban la hora mientras se consumía la cera. Lo he meditado mucho, pero no me atrevo. Imaginar los sollozos de Julián ante este incidente me parte el corazón; ama sus objetos de forma compulsiva; además, no es malo conmigo, es un buen hombre, sólo está liado o fuera de control. Incluso me procura: los fines de semana, muy de vez en cuando vamos de visita a algún museo, de preferencia de antigüedades. Lo he visto encolerizarse una sola vez, aquella sobremesa en que le explique que el tiempo es medible porque así lo decidimos; que en realidad no existe; que al tiempo no le interesa el tiempo, que según la teoría cuántica el tiempo es una invención.
—El tiempo ni siquiera es circular, en todo caso es esférico, y con una amplia posibilidad de cruces —comenté, un tanto hostil—. De este modo, tu pasado, bajo ciertas circunstancias, pudiera ser tu futuro.
—El tiempo siempre anda hacia adelante —respondió amargo—. Pretérito y futuro, no hay más. Primero fue Einstein y luego Hawkins. Así funciona el progreso, niña.
Nunca me había llamado niña. Ese día abandonó el comedor azotando la puerta. Lo oí quejarse y suspirar, en su habitación, durante varias noches.
—¿Qué voy a hacer con mis relojes? —gemía.
Me arrepiento de haberle abierto los ojos. Ahora se ha puesto flaco, se le ve intranquilo, cada vez más deprimido. No quiero que muera, me dejaría sola. Por lo que entiendo, con el dinero que heredaría yo no pasaría apuros, pero hay cosas más importantes que la economía; eso dicen los poetas. No deseo quedarme desierta, ya murió mamá, no quiero que fallezca el único acompañante que tengo.
Estas últimas semanas ha mejorado su salud, eso me alegra. Para cooperar en su recuperación finjo no odiar las horrorosas campanadas; intento sonreír mientras cenamos escuchando el cucú suizo. En el colmo de la hipocresía, le pregunto cuándo llegará un nuevo artefacto, asumo interés en la forma en la que funciona, halago el gramófono de cuerda. No responde. Es un martirio. A veces quiero quemar la casa, en verdad eso quiero. No deseo que muera Julián, pero tampoco volverme histérica entre los mil relojes. Dudo, dudo constante, profundamente. Mientras tanto, las tardes desfilan con lentitud. Fuera de la ventana veo a los niños correr, escucho el escándalo del estéreo de un auto, una moto que pasa a gran velocidad. Me quedo quieta, en espera, bajo el insoportable sonido de los segunderos. Quieta, como la ventana al final del pasillo. Quieta, como el último grano del reloj de arena que estoy viendo, ahora mismo, recargado sobre una vieja mesa de roble del siglo pasado.
Tomados de «El libro de los libritos» (UANL, 2025), bajo permiso del autor.