(Montecristo, Bolívar, Colombia). Cuentista – Estudiante de licenciatura en literatura y lengua Castellana. Ganador de la convocatoria para autores autopublicados de la FILBo 2025 con su obra El Río Se Traga a Los Muertos.
libros publicados: El río se traga a los muertos y otros cuentos 2025.
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A Tu Lado
Claudia, ya te nacieron grandes flores. Mañana, cuando baje al pueblo, te voy a comprar un buen abono. La Clotilde ya tiene hartos polluelos y el Jorge se la pasa dormido en el chiquero, solo se despierta a tragar. Ninguno te extraña más que yo, Claudia. Mira el matorral; crece por toda la casa. Desde que te fuiste, la maleza ha hecho de las suyas: se ha dedicado a crecer y crecer, hay grama hasta en el techo de la casa. Y las abejas hicieron sus panales debajo de las camas.
Me despiertan los azulejos que duermen al lado de la ventana y también el murmullo del río. ¿Recuerdas el arroyo que bajaba de la montaña, el de agua fría? Bueno, el año pasado se salió del cauce y ahora atraviesa la casa. Lo dejé ahí. No hice nada porque una vez te prometí las estrellas y ahora, solo hasta ahora, te he cumplido, Claudia. Tienes un río con todas las estrellas que caben en él.
Hace cinco años vino tu mamá y recogió toda tu ropa. Dijo que se la llevaba, que la Graciela las necesitaba. ¡Si vieras a la Graciela cómo está de grande! Se parece más a ti que a mí, Claudia. Cuando se ríe, se le ven todos los dientes. Toditicos. Es como verte reír a ti. Ellas se fueron hace quince años y solo hace unos cinco aparecieron. Recogieron unos cuantos chocoros, uno y que otro trapo, y se volvieron a marchar. Tú sabes que yo no te podía dejar sola. Apenas te habían nacido las primeras hojas cuando las garzas llegaron por primera vez hace quince años. Los hubieras visto. Tenían esos fusiles negros que a ti te asustaban. Había tres hombres con las caras cubiertas con pasamontañas. La gente dijo que eran los hijos de Inés que venían entre ellos. Que ellos eran los de las caras tapadas, que se las tapaban para que no los distinguieran. Se llevaron a don Raúl, al viejo Pacho y a Miguel. Esos fueron solo los primeros. Después escuchamos los tres disparos en el cerro y, más tarde, volvieron y bajaron por más. Se fueron llevando de tres en tres y de tres en tres hasta que se fue acabando la gente. El día que los vi entrar por mí al rancho, fue el día aquel que te corté una hojita, la más verde, y me la metí en el bolsillo. Quería tener algo tuyo para encontrar el camino de regreso. Tú sabes que nunca he querido irme de tu lado. Me hicieron andar por el cerro y me sentaron en un tronco. Mirando al pueblo, se veía el río, el valle, la ciénaga, y allá abajo reverberaba un tendedero de zinc como un espejo gigante donde llameaba el sol metálico; me quedé con ese recuerdo del pueblo porque iba a ser el último. A mi lado estaba Toñito. ¿No recuerdas a Toñito? El hijo de Gertrudis. Era apenas un niño cuando te fuiste. Se casó con Aminta, la hija de mi comadre Lorenza, la de las gallinas jovas. Esa misma, la que nos presentó un 16 de julio en la plaza, ¿te acuerdas de ellos? Cuando te vi por primera vez, Claudia, no pude dejar de mirarte. Me gustaba esa flor de buche que te colgabas en el cabello y tus ojos quietos, que no dejaban de verme.
A Abimael lo sentaron al lado de Toñito. De Abimael sí debes acordarte. Eso fue lo único bueno de aquel día, saber que a Abimael también se lo iban a cargar, ahí, ese mismito día. A mí no se me olvida lo que nos hizo, él siempre estuvo detrás de ti, Claudia. Siempre vivió enamorado. Creía que con sus caballos y sus sombreros finos iba a conquistarte. Lo que más me dolió, Claudia, es que le creíste más a él que a mí. Eso fue lo que al final terminó matándote, el dolor. El que nunca pudiste perdonarme, yo vi cuando le dieron el primer tiro. El cobarde se orinó en los pantalones del miedo, ¡si lo hubieras visto, Claudia! Ese no era hombre para ti. Cuando me tocó el turno, yo estaba bien contento. Saber que ese infeliz se había muerto primero me hizo aceptar lo que me merecía hacía años, porque la verdad es que me lo merecía, Claudia. Lo que me dolió más fue ver cómo mataron a Toñito. No lo mataron a tiros, no, Claudia. Tú sabes cómo las garzas matan a los sapos. Al pobre de Toñito lo picaron, pedacito por pedacito y la cabeza se la llevaron y jugaron con ella en la plaza, dizque para dar escarmiento, eso dijeron cuando bajé muerto del cerro, me senté a tu lado y no he hecho nada más desde hace quince años, cuando te enterré y sembré este gualanday a tu lado. Ya te nacieron grandes flores, Claudia.