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Alma Karla Sandoval

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(Zacatepec, Morelos, México) Profesora, poeta y periodista con estudios en la Escuela de Periodismo Carlos Septién García y la Escuela de Escritores de la Sogem, es especialista en enseñanza del español como lengua extranjera por la Universidad Complutense de Madrid y magíster cum laude en Literatura Latinoamericana por la Universidad Javeriana de Bogotá, Colombia. Cuenta, también, con maestrías en Periodismo Político (EPCSG) y Ética y Construcción Social por la Universidad de Deusto, Bilbao. Doctora en Literatura por el CIDHEM.

Ganadora de más de una decena de premios nacionales e internacionales en poesía, novela, crónica y ensayo. Ha representado a México y Morelos en diversos festivales, encuentros, así como jornadas internacionales de literatura en España, Colombia, Brasil, Guatemala, El Salvador, Panamá, Honduras, Nicaragua y Puerto Rico. Parte de su obra se encuentra en distintas antologías de Iberoamérica; con traducciones al inglés, árabe, catalán, portugués, ruso, italiano, francés y rumano. Tiene más de treinta y cinco libros publicados y es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte de México desde 2020.

Ciruelas para los jinetes

Rojo ciruela. Rojo cielo de tarde a la vera de un río. Rojo de labio vaginal irritado. Rojo de boca de puta. Rojo de sangre coagulada, vendida al mejor postor. Rojo título de un cuadro, de una bandera, de una ideología descorazonadora. Rojo cuando el día abre, cuando un niño se cae de un árbol.  Rojo a secas en el capote de un torero. Rojo azafrán. Rojo perfume de pétalo. Rojo que las mujeres, al volver de la guerra, no soportan. Rojo carnicería. Rojo semáforo. Rojo alfombra para humillarte. Rojo para las nomepienses. Rojo tinta de corrección de texto. Rojo sandía para escurrir. Rojo de encaje. Rojo como el papelito con el dibujo de las señas del lenguaje de los sordomudos y la mujer a la que le diste un euro en la terraza. No podía hablar, era cierto. Llevaba una blusa encendida, un rojo nunca olvidarás. Rojo de las uñas que te acariciaron, que prometiste dibujar en un poema. Nunca llegaron esos versos. La mentira, como la nariz de un payaso, es una metáfora y nos basta.

El gato está muerto

La mujer lo busca

como a un rastro caliente

en su añoranza,

una escritura libre

que se trepó en los muros.

El gato está bajo tierra.

El hombre le dedicó unas palabras.

No olvidará su baile, dice.

Esa fría, yerta coincidencia,

los une como si fuera un astro

que nació en par mientras

el felino danzaba.

Como si morir viniera

del amor más grande,

de las primeras veces

cuando niños

 y el mundo es quien

aprende a despedirse.

 

 

Trobairitz

 Si fueras un pescado,

te arrancarían las escamas una a una.

Si tuvieras cara de muñeca,

te quedarías sin ojos el siete de enero.

Si te sentaras a la mesa y escribieras

“con este poema no harás la revolución”,

te dirían que ni con millones de estrellas

mitigarías las ansias de tu vulva.

Si inventaras la hoz o la rosa y un soneto

porque te han puesto de rodillas,

si al untarte tu sangre menstrual volaras,

te iban a disparar como a los gansos de otro libro.

Si obedecieras de cualquier forma te cortarían las manos.

Volverían a encajarte un alfiler en la razón.

Medusas a lontanaza

Nos hicieron creer que no valíamos

por pronunciar mal una palabra,

por nuestra sed con aguijón, con viento.

Pretendieron medir su vieja espada

con el meridiano de esta lengua,

nuestra saliva de leche y pan de astro,

nuestra serpiente de coágulo con sombra,

sudor que sólo lamen al comienzo,

cuando su diente busca entre nosotras

para encerrarnos en acuarios de sirenas,

sueño psicopático como era un principio

ahora y siempre en la mesa donde comen las familias

ahora y siempre en el odio que les brota,

les hereda esa calvicie de más odio

hasta que un día, el mismo viento

levanta muros de los mares

y huye nuestra tribu de luz hacia otro sueño.

Pobres, intentaron hacernos creer que no valíamos,

lo único real es la cabeza de Perseo en nuestras manos.

 

 

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